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El suspenso es nuestro
Coaching, Creativity

El suspenso es nuestro

No sé si nos quieren tontos, pero tontos les venimos de puta madre

Antes se aprendía con una libreta, una pizarra, cuatro libros que pasaban de hermano en hermano y una enciclopedia que había que abrir para encontrar una respuesta. Hoy tenemos tabletas, pizarras digitales, aulas virtuales, orientadores, pedagogos, internet y toda la información de la humanidad metida en un teléfono. Hemos cambiado la tiza por la inteligencia artificial y resulta que PISA vuelve a sentarnos delante del boletín de notas. Y suspendemos. Qué curioso. Nunca tuvimos tantos medios para aprender y seguimos preguntándonos por qué nuestros alumnos comprenden peor lo que leen. Será que llenar las aulas de tecnología no sirve de mucho si olvidamos llenar de contenido lo que ocurre dentro de ellas. Porque una cosa es tener acceso a toda la información del mundo y otra bastante distinta saber qué coño hacer con ella.

Y cuando llegan las notas empieza la reunión de evaluación más multitudinaria de la historia porque aquí nadie parece haber hecho el examen. El profesorado recuerda, con razón, que tiene aulas saturadas, burocracia, jornadas interminables y que además de enseñar ahora tiene que ser psicólogo, mediador, administrativo, educador social y prácticamente resolver cualquier problema que el alumno traiga de casa. Pero enseñar también sigue estando en la descripción del puesto y, si suspende el sistema, ningún miembro de la comunidad educativa puede ponerse un “no presentado”. Las familias tampoco. Pasamos del padre que preguntaba “¿qué hiciste para que te castigaran?” al que pregunta al profesor “¿qué le hiciste a mi niño?”. Hemos confundido proteger con evitar cualquier frustración y después pretendemos fabricar adultos autónomos incapaces de soportar un no. Y a nuestros hijos les pedimos cincuenta minutos de atención después de acostumbrarlos a TikTok, notificaciones, vídeos de quince segundos y respuestas inmediatas. Profesorado, alumnado, centros y familias tenemos parte del examen delante, pero quien tiene la obligación de ordenar todo este desastre es una Administración que lleva décadas arreglando la educación con una ley nueva, otro currículo, otra plataforma, otro formulario y otra reforma. Cambia el ministro, cambia la ley, cambia la metodología y PISA vuelve a decirnos que el problema sigue sentado en el mismo pupitre.

Pero quizá lo más grave ni siquiera sea cuánto saben nuestros jóvenes, sino para qué les hemos dicho que tenían que saberlo. Durante décadas repetimos “estudia y tendrás un futuro”. Ellos cumplieron. Tenemos carreras, másteres, idiomas y una generación extraordinariamente formada que descubre que su título puede acabar adornando la pared mientras trabaja en algo para lo que nunca necesitó cinco años de universidad. Y después nos sorprendemos porque un adolescente pregunta para qué coño tiene que estudiar. Ahí está nuestro verdadero suspenso: no solo estamos perdiendo conocimiento, estamos perdiendo el valor de la educación como herramienta para cambiar una vida. Y eso ocurre justo cuando nunca fue tan importante saber leer más allá de las letras: entender una nómina, un contrato, una noticia, una ley, una promesa electoral; distinguir un dato de un bulo y una información de propaganda. Porque quien no comprende, no cuestiona; quien no cuestiona, se lo traga; y quien se lo traga todo resulta tremendamente cómodo para cualquiera que tenga poder. No sé si nos quieren tontos. Pero tontos les venimos de puta madre.

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