Creativity, Servicios
El océano del emprendimiento está lleno de gente ahogándose en silencio
Hubo un tiempo en el que el trabajo era simplemente eso, trabajo. Una actividad para ganarse la vida. Con mayor o menor vocación, con más o menos dignidad, pero separado de la identidad de las personas. Uno era carpintero, camarero, administrativa o médico… pero también era vecina, amiga, madre, lectora, comparsera, tímida o divertida.
Hoy ya no tengo tan claro que exista esa separación.
Ahora el trabajo no es solo lo que hacemos. Es casi lo que somos. O peor aún, lo que debemos aparentar ser para satisfacer a no sé quién aún.
Vivimos en una época donde una profesión se ha convertido casi en una categoría humana. “Es empresaria”, “Es funcionaria”, “Es creadora de contenido”, “Es autónoma”. Como si eso no solo describiera sino explicara completamente lo que es una persona. Como si el valor de alguien dependiera directamente de su capacidad de producir, de monetizar o de escalar una idea. ¿Qué tal «es mi amiga»?
Y quizás por eso estamos tan agotadas.
Porque ya no basta con trabajar. Ahora también hay que construir una marca personal, comunicar, generar comunidad, posicionarse, diferenciarse, mantenerse visible, aprender constantemente, reinventarse y, a ser posible, hacerlo todo sonriendo en redes sociales mientras alguien te comenta: “Qué valiente, qué guay, qué grande, ojalá me atreva”.
Nos han vendido el emprendimiento como el nuevo sueño americano, o fuera de ese territorio, el sueño colectivo. Y ojo, emprender puede ser maravilloso. Lo es. Crear algo propio, levantar proyectos, decidir, construir desde una idea… tiene algo profundamente humano. El problema empieza cuando dejamos de presentarlo como una opción y empezamos a venderlo como obligación moral.
Parece que si no emprendes, no eres ambiciosa. Si no monetizas tu hobby, estás perdiendo oportunidades. Si no conviertes una habilidad en negocio, estás desaprovechando tu potencial. O no sirves. O no lo pillas. Y así hemos acabado todos y todas jugando a ser empresarios y empresarias.
Convencidos de que nuestra idea puede convertirse en la próxima revolución del mercado mientras abrimos una cuenta de autónomos sin tener ni idea de lo que se nos viene encima. Porque la libertad que nos prometieron tenía letra pequeña.
La famosa frase de “ser tu propio jefa” suele acabar traduciéndose en ser tu propio comercial, tu propio administrativo, tu propia atención al cliente, tu propio departamento financiero, digital, de gestión de talento, mantenimiento, tu propio community manager y, muchas veces, también tu propio psicólogo. Y entonces llega la cruda realidad.
Las asesorías fiscales, laborales y contables que muchas veces funcionan más como máquinas automáticas de responder preguntas que como espacios reales de acompañamiento estratégico. Tú preguntas, ellas responden. Pero pocas veces alguien se sienta contigo a analizar tu caso de verdad, a prevenir, a ayudarte a entender el mapa completo.
Y luego está otra de las grandes ironías de esta época: cuanto menos sabemos de algo, más gente aparece en redes asegurándote que llevas años haciéndolo fatal. Abres Instagram cinco minutos y ya tienes a alguien gritándote: “¿Eres el tonto o la tonta que sigue haciendo esto mal?”. Dale like, comparte, comenta “QUIERO”, haz el pino puente emocional y cuéntame tu vida por WhatsApp para regalarte una masterclass gratuita con un PDF precioso hecho IA, porque yo sí sé utilizarla, tú no, que, supuestamente, contiene el secreto definitivo para facturar cientos de miles de euros.
Curiosamente, muchas veces el único negocio realmente rentable ahí… es venderte a ti la idea de que todavía no sabes suficiente. Y así vivimos agotadas, sobreinformadas y permanentemente con el convencimiento de que siempre nos falta otro curso, otra mentoría y otro y otra gurú gritándonos desde un reel que el éxito estaba a tres pasos… y un Bizum más.
Luego aparecen las subvenciones imposibles de entender, las licitaciones públicas que parecen diseñadas por alguien que jamás ha emprendido, las plataformas digitales que convierten cualquier trámite en un escape room administrativo y los bancos.
Ay, los bancos.
Ese momento en el que entras buscando financiación y sales sintiéndote una mezcla entre producto financiero y vaca a la que ordeñar para completar objetivos comerciales del trimestre.
Porque el emprendimiento moderno también ha generado un nuevo tipo de soledad. Una muy silenciosa. La del profesional autónomo que tiene que saber de todo mientras intenta sobrevivir.
Y aun así se nos sigue vendiendo como una historia romántica. EL nuevo Pretty Woman.
Compartiendo frases motivacionales sobre “vivir de tu pasión” mientras millones de personas responden mensajes de trabajo un domingo a las once de la noche desde el sofá de su casa. U hoy el día del trabajador.
El sociólogo Byung-Chul Han habla de la “sociedad del cansancio”. Y creo que pocas veces una teoría describió tan bien lo que está pasando. Antes la explotación venía de fuera. Ahora somos nosotros mismos quienes nos empujamos constantemente a producir más, rendir más, ser más visibles, más exitosos, más eficientes.
Ya no hace falta un jefe gritando. Ahora llevamos el látigo dentro.
Y mientras tanto, el mercado laboral cambia a una velocidad absurda. Hay creadores de contenido ganando más dinero grabándose organizando la nevera que profesionales con dos carreras y veinte años de experiencia. Artistas, streamers, músicos independientes o personas comentando series desde su habitación han conseguido construir modelos económicos reales alrededor de cosas aparentemente simples. Cobrando de quiénes consumen ese contenido.
Y eso está cambiando profundamente nuestra percepción del éxito, del mérito y del trabajo. Porque el éxito de lo simple también desmonta una idea que nos enseñaron desde pequeños. Esa idea de que cuanto más duro y complejo sea un trabajo, mayor reconocimiento tendrá.
La realidad ya no funciona así. Eso molesta un poco-mucho. Pero lo verdaderamente peligroso no es que cambien las profesiones. Lo peligroso es que estemos perdiendo la capacidad de separarnos de ellas. Cuando tu trabajo fracasa y tu identidad entera depende de él, no sientes que un proyecto salió mal. Sientes que quien fracasó eres tú. Eso no molesta, eso duele enormemente.
Estamos tan cansadas porque ya no desconectamos nunca, porque el móvil convirtió cualquier momento en potencialmente productivo y porque hemos confundido libertad con disponibilidad absoluta. Nos prometieron flexibilidad y acabamos leyendo y contestando correos un sábado a las 23:47.
Nos prometieron independencia y terminamos atrapados en una rueda de ratón donde descansar genera culpa. Y aun así, seguimos llamándolo éxito. Quizás ha llegado el momento de volver a preguntarnos algo muy básico ¿En qué momento dejamos de trabajar para vivir y empezamos a vivir para sostener el personaje profesional que hemos construido?
Porque el problema no es trabajar mucho. El problema es haber empezado a confundir producir con existir.
