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Cuando el fallo no es solo un fallo
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Cuando el fallo no es solo un fallo

Diez años de finales, perfiles del jurado y una pregunta que incomoda

Cada febrero, lo mismo. Cuando se anuncian las murgas que pasan a la final, se repite el mismo ritual; aplausos, silencios incómodos, caras de poker, celebraciones contenidas, depresiones y un aluvión de opiniones en redes sociales. No es nuevo. Ocurre todos los años. Pero si una se aleja del ruido inmediato y observa el concurso con perspectiva, se me aparecen mil preguntas y una resuena de fondo que rara vez nos hacemos con datos en la mano: ¿existe una relación entre el perfil del jurado y el tipo de murga que acaba ocupando la final?

Este reportaje cruza diez años de finales del Concurso de Murgas Adultas de Santa Cruz de Tenerife con la composición de sus jurados para intentar responderla. No desde la sospecha, sino desde la curiosidad y el análisis. Y por supuesto, dándole la importancia que tiene, ya que el jurado popular, el pueblo, al que me consta que las murgas dirigen todo su trabajo, son el principal objetivo a conquistar. 

Dos formas de entender la murga

Para ordenar el análisis, las murgas finalistas entre 2015 y 2026 se han clasificado en dos grandes tendencias, reconocibles para cualquiera que siga el concurso. No es una división de calidad ni de valor, sino de lenguaje escénico. 

Murgas “azules”: repertorio ligeramente más estáticos, con peso central de la letra, crítica social o política, estructura clásica y dándole protagonismo del texto que nos cantan.
Murgas “amarillas”: humor, espectáculo, puesta en escena, ritmo, impacto visual y corporal, crítica integrada en el show.

El primer dato relevante es que ninguna final es homogénea. Siempre hay mezcla. Pero el peso relativo de cada tendencia sí varía con los años, y ahí empiezan a aparecer patrones. Además, consideramos que en los repertorios de las fases, algunas de las murgas que podrían apostar por los espectáculos, juegan la partida con un tema de rico contenido y más llamado “de crítica”.

Al margen de las décadas pasadas que requieren de otro estudio más amplio. En los primeros años del periodo analizado, las finales están dominadas por murgas de perfil más estático en fase, junto a las más nóveles o las que ofrecen una propuesta más visual pero que se reservaba más para la final, como son Bambones, Diablos Locos, Mamelucos, Burlonas, Ni Pico Ni Corto o Zeta Zetas y estas repiten presencia con repertorios sólidos, bien construidos y muy centrados en el contenido.

Ahora bien, hay un matiz importante, y es que,una vez en la final, no siempre se premiaba solo la crítica, sino la crítica bien interpretada, bien cantada y técnicamente limpia pero también lo más original posible. Esta originalidad se entendió y se presentó como el añadido de complementos, atrezzos, figurantes protagonistas de nuestras letras y efectos  especiales, tecnológicos, digitales o audiovisuales. El jurado, incluso entonces, no era literario, era musical. La diferencia es que esas murgas cumplían ambas cosas. La crítica no competía con la forma. La forma la sostenía. Un punto de inflexión es el año 2107. Dentro de los miembros del jurado, el perfil de artes escénicas y con el componente humorístico tiene un aumento considerable con respecto a las anteriores ediciones y eso en la final, quedó plasmado.

El escenario empieza a moverse (2017-2020)

A partir de 2017 se percibe un cambio progresivo. Entran con más fuerza murgas que incorporan movimiento, intención corporal, ritmo narrativo y recursos escénicos más visibles. No desaparece la crítica, pero deja de ser de forma frontal. Coincide con una mayor presencia en el jurado de perfiles vinculados a las artes escénicas, la interpretación, la docencia musical y el teatro.

Esto no supone una ruptura, sino más bien una transición, que acompaña a la evolución de la sociedad y el contenido que consume. El mensaje sigue importando, pero ya no basta con decirlo bien, y se valora contarlo mejor con una buena escena. A veces sin pensar en qué pasaría en la esquina de cualquier calle de Santa Cruz.

El concurso de 2020 suele citarse como un punto de inflexión, pero los datos obligan a matizar esa idea. Si se observan las murgas que pasan a la final, el perfil es claramente crítico de repertorios con peso en la letra, crítica reconocible y estructuras clásicas. No hay un desplazamiento real hacia el espectáculo vacío ni una renuncia al contenido.

Sin embargo, lo que sí ocurre ese año es otra cosPremioa, quien destaca entre todas ellas y gana el concurso es Zeta Zetas. Entonces la forma empieza a condicionar la lectura del mensaje. Las murgas que mejor ejecutan su crítica —las que afinan, colocan, interpretan y muestran el texto en el escenario con esculturas de cartón, fotos, etc.— son las que terminan destacando con más claridad en las puntuaciones finales.

El jurado de 2020, con una composición muy vinculada a la interpretación y al directo, no es que penalice el contenido, pero sí parece exigirle algo más que funcione escénicamente. No se premia menos lo que se dice, sino cómo se dice y cómo se sostiene sobre el escenario.

Por eso, más que un año en el que “el espectáculo se impone”, 2020 puede leerse como el año en el que la crítica deja de caminar sola. El mensaje de la letra sigue siendo lo central, pero ya no basta con tener razón, y hay que saber defenderla en escena.

El tenso equilibrio (2022–2026)

En los últimos años, las finales muestran una aparente búsqueda de equilibrio. Conviven murgas de ambos perfiles, pero las decisiones generan más debate que nunca. ¿Por qué? Porque el jurado mantiene un perfil mayoritariamente escénico, pero el contexto ha cambiado, más ruido mediático, más análisis en redes, más conciencia de modelo actual de murga que se ha ido generando. El resultado es un jurado que, sin cambiar de criterio técnico, parece ser más consciente de que cada decisión puede construir un relato sobre el concurso. Y entonces, ya no solo se premia una actuación, se decide qué tipo de murga sigue viva simbólicamente.

El jurado, el público y todo lo que no aparece en las actas

Hay años en los que el perfil del jurado sugeriría una final más amarilla y, sin embargo, pasan murgas de corte más azul. Ocurre lo contrario también. Ahí entran factores que no figuran en ninguna acta como son la trayectoria histórica de una murga, el posicionamiento de su marca, la respuesta del público en directo, el “relato” del año, el miedo a una final desequilibrada, la presión invisible de la expectativa colectiva de las aficiones. El jurado no vota siempre encerrado en el vacío. Vota dentro de un ecosistema que además es fundamentalmente emocional.

Aunque las bases del concurso establecen criterios claros de puntuación —letra, música, interpretación—, hay factores que no figuran en ninguna hoja de evaluación y que, sin embargo, forman parte inevitable del proceso. El primero de ellos es la reacción del público. El jurado no puntúa el aplauso, pero lo escucha. No valora el grito, pero lo siente. Y en un concurso nacido para el directo, esa energía compartida atraviesa el recinto y termina influyendo, aunque sea de forma inconsciente, en la percepción global de una actuación.

A esto se suma el bagaje personal de cada jurado. No todos llegan con el mismo conocimiento del género ni con el mismo seguimiento de las trayectorias murgueras. Algunos evalúan la actuación como una pieza aislada; otros la interpretan dentro de una historia más larga, comparándola con años anteriores, con riesgos asumidos o con cambios de rumbo. Ninguna mirada es errónea, pero ambas condicionan el resultado.

Existe también un sesgo inevitable: la idea previa de qué es una murga. Más crítica o más humor, más música o más teatro, más texto o más cuerpo. Ese filtro personal no desaparece por sentarse en un jurado, y su equilibrio depende precisamente de la diversidad de perfiles que lo componen.

Ser jurado, además, es un trabajo exigente. Cuatro noches largas, concentración constante, silencio obligado y una exposición pública que añade presión. El cansancio existe, y no todas las murgas se escuchan con la misma frescura, especialmente cuando las propuestas son densas o llegan en tramos avanzados de la noche.

Todo esto convive con el objetivo principal del concurso, conectar. Conectar con el público, con el momento social, con el Carnaval de ese año. Ahí es donde muchas veces se produce la tensión entre la murga técnicamente impecable y la murga que deja huella.

No es casual que en los años en los que el humor fue diferencial —como ocurrió en los 2000 con Triqui Traques o Triquikonas— fuera ampliamente premiado. No porque el jurado prefiriera reírse, sino porque aquellas propuestas eran únicas en su lenguaje. El humor nunca ha sido un problema, más bien deja de serlo cuando deja de ser singular.

En este contexto, los datos muestran que el concurso no ha abandonado el contenido, pero sí tiende a reconocer en la final aquellas propuestas que logran integrar mensaje, música e interpretación en un todo escénico sólido. No es una renuncia a la crítica, sino una exigencia mayor, decir algo y saber cómo decirlo sobre el escenario.

El otro gran tema es cuando la murga habla de sí misma.

Un fenómeno transversal aparece en casi todos los años analizados, y son las murgas que dedican parte de su repertorio a responder a la crítica recibida. Sucede especialmente en dos casos, cuando una murga históricamente finalista se queda fuera o cuando una murga poco habitual en la final logra pasar. Esta reacción se traduce en que unas se sienten injustamente castigadas y otras, injustamente cuestionadas.

Aquí el concurso deja de ser solo artístico y entra en el terreno humano y la necesidad de reconocimiento, el miedo al rechazo, la fragilidad del prestigio. La murga, que nació para señalar al poder, termina a veces señalándose a sí misma o, siendo señalada.

¿Qué se está decidiendo en un fallo?

En el fondo, después de diez años de datos, jurados, perfiles y finales, la conclusión no siempre es cómoda, pero sí honesta. El perfil del jurado, oficial, paralelo o popular influye, y lo hace de forma clara, en el tipo de murga que llega a la final. La evolución hacia propuestas más escénicas no es casual ni espontánea, pero tampoco responde a una única lógica. Ninguna decisión se explica solo desde la técnica o solo desde el contenido. En cada fallo conviven el gusto personal, el cansancio, la reacción del público, el conocimiento del género, la expectativa previa y, también, algo tan simple como el “me funciona” o “no me funciona”. Porque al final el jurado no elige únicamente murgas, elige qué lenguaje sobrevive ese año. Y quizá por eso cada final duele o emociona más de lo que pasan o no. Porque no solo se gana o se pierde un puesto. Se gana – o se pierde – un lugar simbólico dentro de la historia murguera.

Un mensaje necesario al otro lado del escenario

Hay algo que conviene decir en voz alta, aunque no sea cómodo. Cuando una murga no pasa a la final, es normal sentirlo como un suspenso. Como un rechazo. Como si alguien te hubiera dicho que no vales o que todo ese trabajo no sirvió para nada. Esa reacción es humana. Comprensible. Casi inevitable.

Pero no siempre se ajusta a la realidad.

Un concurso no evalúa personas. Evalúa propuestas en un momento concreto, en un contexto concreto y bajo unos criterios que, por definición, son limitados. Donde caben ocho, a veces hay doce actuaciones muy buenas. Y eso no convierte a las que se quedan fuera en malas, ni invalida el trabajo hecho durante meses.

Confundir una decisión artística con un ataque personal es un atajo peligroso. Hace daño. Nos enfrenta entre nosotros y genera relatos de ofensa que no siempre existen. Evaluar no es rechazar. Y no pasar no significa que alguien te haya hecho algo “a propósito”.

La tristeza, el enfado o la frustración se entienden. Lo que no ayuda es convertirlos en heridas permanentes o en la idea de que alguien quiso perjudicarte. Peor aún buscar venganza con un ataque en el próximo año. Porque la mayoría de las veces no es así. Simplemente, ese día, ese orden, esas personas que conforman el jurado y ese contexto no jugaron a favor.

El Carnaval siempre ha sido un espacio de crítica hacia fuera, no de castigo hacia dentro. Y quizá también aquí haga falta hacer autocrítica y recordar que perder una final no te quita identidad, ni historia, ni valor. A veces solo te recuerda algo mucho más simple y mucho más duro de aceptar: que competir implica asumir que no siempre se gana, incluso cuando se hace bien.

Raquel García Reyes

2 Comments

  1. Elena González

    Pués dos concursos uno azul ,otro amarillo y dos jurados ,uno para cada modalidad y cada quien irá al que más le guste…

    31 enero, 2026 at 9:09 pm | Responder
  2. Dulce Maria Glez Hdez

    No hay nada que perdure eternamente igual Las Murgas son un buen ejemplo de ello.
    Lo mismo sucede con el perfil del jurado que cada año se forma para que elija esta Murga «si», esta Murga «no»

    No hay Murga mala ni jurado malo, cada uno pone lo que siente para ejecutar el difícil trabajo de que gustes y te comprendan por un lado y por el otro lado que te respeten el fallo plasmado.

    FELIZ CARNAVAL!!

    1 febrero, 2026 at 2:00 am | Responder

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